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Mija sentía que la Montaña la amaba. Era una relación extraña entre una mujer y la Montaña. Fuera donde fuera, nunca se perdía. Le parecía conocer bien todos sus bosques y claros, sus empinados y lisos acantilados, sus manantiales y arroyos, todo su temperamento. Las bestias huían ante los pasos de Mija, mientras los demás animales del bosque pastaban despreocupadamente cerca de ella. Por las mañanas, los pájaros la saludaban con alegres trinos, y el bosque le ofrecía abundancia de frutos comestibles. Nunca se había sentido amenazada en la Montaña. Hace poco, cuando el viento rompía furiosamente las ramas de los árboles y arrancaba algunos de raíz, mientras todo aquello volaba a su alrededor en un extraño remolino, no le ocurrió nada. Le pareció que la Montaña, en medio de todo aquel caos, la había abrazado y protegido intacta.
Después de eso, por todas partes quedaron ramas rotas y troncos caídos, aunque no por mucho tiempo. Llegaron los trabajadores forestales y se llevaron todo. La Montaña volvió a resplandecer en toda su belleza.
Mija amaba el agua de montaña. Sentía especial cariño por un pequeño arroyo –cuyo nombre desconocía, por lo que cariñosamente lo llamaba Corazón– que corría kilómetros cuesta abajo para luego desaparecer sin dejar rastro en la grieta entre dos paredes verticales de roca. Su agua era cristalina, rápida y fría. A ella no le molestaba esa frescura. A menudo lo cruzaba descalza, y también solía pasar horas y horas sentada sobre una gran piedra junto a su corriente, contemplando pensativamente los rápidos. Le parecía asistir a la sucesión de los días que corren uno tras otro, días que no pueden regresar ni repetirse… que se van, quién sabe adónde. Todos esos rápidos forman el agua, del mismo modo que todos esos días forman la vida.
¿Tiene memoria el agua?, solía preguntarse mientras observaba sus remolinos. ¿Recuerda los paisajes por donde pasó y a todas las personas que entraron en ella? Los seres humanos guardan recuerdos de los días pasados, recuerdan lugares y personas, acontecimientos y sucesos. Incluso escriben para no olvidar, y así los grandes e importantes hechos pasan a formar parte de lo que llaman memoria colectiva. Me pregunto si todo eso tiene algún sentido. Tal vez el agua no recuerde del modo en que nosotros lo imaginamos. Tal vez la historia humana le resulte irrelevante, aburrida y sin valor, apenas un parloteo absurdo de una especie que cree dominar sobre todas las demás y que, por un poco de lujo, está dispuesta a destruir el planeta entero… y trabaja en ello con empeño todos los días.
El corazón de Mija se encogió al recordar la basura que dejaban los excursionistas que acudían a su montaña en busca de aire puro. Sentía desprecio por ellos, tan faltos de visión, aunque también sentía su propia impotencia. Odiaba a los constructores de caminos que, en nombre de un supuesto progreso, asfaltaban carreteras de acceso hasta cada área recreativa del bosque.
Para los verdaderos amantes de la naturaleza bastarían senderos peatonales, y así la humanidad no se ahogaría en obesidad, pensaba.
La sobresaltó una voz humana que llegaba desde muy cerca.
—Mira, cariño, ya no podemos seguir en automóvil. Ahora elige un abeto bonito para nuestro árbol de Navidad. Después de todo, el viento reciente rompió tantas cosas que a nadie le dolerá la cabeza si cortamos uno más.
De un automóvil bajó una pareja joven. La muchacha se envolvía en un abrigo de visón y daba pequeños pasos sobre los altos tacones de sus botas, mientras el joven sostenía en la mano un hacha completamente nueva.
Miraron un poco alrededor y luego la muchacha señaló con el dedo un joven abeto que apenas acababa de empezar a vivir.
Todo en Mija se rebeló.
—¡No! —gritó—. ¡No te dejaré ese árbol!
El filo brilló, atravesó las manos de Mija que habían salido volando para proteger el abeto, y luego se hundió en el delicado tronco. Nada cambió. La muchacha contemplaba sin compasión al joven ser que se negaba a morir, el muchacho descargó varios golpes más… y el arbolito cayó.
Mija miró fijamente sus manos ilesas, a las que el filo del hacha no había dañado. Observó a la joven pareja mientras subían el abeto al techo del automóvil, comprendiendo con asombro que ellos no la habían visto ni oído. Entendió entonces que ella no existía, que ella era la Montaña, impotente para defenderse por sí sola de los vientos, los incendios y las personas a quienes nada les importaba.
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